lunes, 3 de diciembre de 2012

¿Cuánto amor hay en el mundo enfocado en la dirección equivocada?



¿Cuánto amor hay en el mundo enfocado en la dirección equivocada? ¿Cuántos novios miran con ojos golositos a las parejas de sus amigos? ¿Quién no ha deseado alguna vez que nuestra propia pareja tuviera un poco de la del de al lado?

Queridos lectores, hoy, en un alarde de optimismo al presumir que verdaderamente este post será leído y apreciado por alguien, voy a contarles una historia verdadera. Sucedió hace unos ocho años, una calurosa tarde del mes de junio, recién acabados los exámenes, recién celebrado ese ansiado fin, recién bebidos algunos calimochos de más, recién cogido el último tren que nos alejaría todo el verano del campus universitario. Íbamos dos chicos y dos chicas, y nos sentamos en frente, todos juntos. En algún punto del trayecto mis ojos se perdieron por la ventanilla admirando el atardecer de Madrid y, de repente, como por arte de magia, lo vi claro: Carlos miraba a Natalia. Natalia, en silencio, pensaba en Rubén. Rubén, frente a mí, me observaba embelesado sin saberse descubierto. Y yo, de aquellas, sólo tenía ojos para Edu.

En estos tiempos de austeridad en los que la eficiencia y la eficacia se valoran más que nunca, me pregunto cuánto amor se estaba invirtiendo a fondo perdido en aquel tren. En aquel vagón. En aquellos cuatro asientos. Una barbaridad de amor derrochado en apenas 15 metros cuadrados. Una pérdida tan cuantiosa como el fraude fiscal que comete el fontanero que te pregunta si quieres factura después de repararte la cisterna. A pequeña escala no supone mucho, pero, ¿pueden ustedes imaginarse cuánto amor anda por ahí siendo dilapidado? 

Hoy, ocho años después, me encuentro en una situación parecida. Hace sólo diez meses que salí muy dolorosamente de una relación de seis años que pensé que nunca acabaría y a la que me dediqué en cuerpo y alma. Dado este contexto, entenderán, queridos lectores, que no esté en absoluto preparada para emprender un nuevo compromiso. Pues bien, hace un par de meses conocí a un caballero bello, interesante, culto, alto, divertido. Nos gustamos y nos embarcamos en la aventura de las citas. A mí, naturalmente, se me antojaba una cosa muy casual, cómoda, con una periodicidad semanal, su teatro, sus pelis, sus momentos febriles de alcoba, su poquito de cariño. Todo marchaba a las mil maravillas, hasta que a él le entraron las prisas por formalizar. Que si me estaba citando con más chicos, que porqué no podía quedar el viernes, que qué esperaba yo de nuestros encuentros en el corto plazo… Qué pereza. ¿Ya estábamos en aquel punto? ¿Después de cuánto, 12 citas? ¿14, quizás?

Le intenté explicar varias veces el momento complejo de mi vida en el que me encontraba; él se mostró muy comprensivo, pero al par de días volvió a “presionarme”, a pedirme más, a mostrarse demasiado intenso demasiado pronto. Demasiado.

Mañana hemos quedado para “dejarlo”. Le estoy haciendo daño sin quererlo. Y a la vez a mí me está haciendo daño que el hacerle daño a él a mí no me haga daño alguno; en ciertos momentos de lucidez alcohólica, me hiere la sospecha de saber que de algún modo, el corazón haya podido convertírseme en piedra;  porque, querido lector, no nos engañemos: en otro momento y con otras circunstancias el mismo corazón que últimamente no siento latir en el pecho me habría saltado en mil pedazos con sólo verle venir. 

But so it is. Vuelvo a ese vagón de tren ocho años después: su corazón late por el mío y éste se resiste tozudamente a dejar de latir por otro que hace ya demasiado tiempo dejó de latir por él. Así de crudo. Así de injusto. Así de cierto. Millones de sentimientos con una rentabilidad económica de menos uno, con un ratio  de viabilidad de negocio negativo desde su mismo nacimiento, con una estimación de beneficio aún menor que la de la muerte.

¿Adónde va todo ese amor que no es bienvenido por su receptor? ¿Cómo sacarle partido? ¿Puede, se me ocurre, ser reciclado de alguna manera, como los cascos de las cervezas que ahora bebo? Y, en ese caso, ¿vuelve a ser el mismo amor? 

Queridos lectores, disculpen la vehemencia de mis palabras. Camino a ciegas por el sendero de la vida y no puedo evitar hacerme éstas y otras preguntas. Quizá a ustedes también les pase y sea éste el principio de una bonita relación. Quizá no. En ese caso, llámenme loca. 

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