¿Cuánto amor hay en el mundo enfocado en la
dirección equivocada? ¿Cuántos novios miran con ojos golositos a las parejas de
sus amigos? ¿Quién no ha deseado alguna vez que nuestra propia pareja tuviera
un poco de la del de al lado?
Queridos lectores, hoy, en un alarde de
optimismo al presumir que verdaderamente este post será leído y apreciado por
alguien, voy a contarles una historia verdadera. Sucedió hace unos ocho años,
una calurosa tarde del mes de junio, recién acabados los exámenes, recién
celebrado ese ansiado fin, recién bebidos algunos calimochos de más, recién
cogido el último tren que nos alejaría todo el verano del campus universitario.
Íbamos dos chicos y dos chicas, y nos sentamos en frente, todos juntos. En
algún punto del trayecto mis ojos se perdieron por la ventanilla admirando el
atardecer de Madrid y, de repente, como por arte de magia, lo vi claro: Carlos
miraba a Natalia. Natalia, en silencio, pensaba en Rubén. Rubén, frente a mí,
me observaba embelesado sin saberse descubierto. Y yo, de aquellas, sólo tenía
ojos para Edu.
En estos tiempos de austeridad en los que la
eficiencia y la eficacia se valoran más que nunca, me pregunto cuánto amor se
estaba invirtiendo a fondo perdido en aquel tren. En aquel vagón. En aquellos
cuatro asientos. Una barbaridad de amor derrochado en apenas 15 metros cuadrados.
Una pérdida tan cuantiosa como el fraude fiscal que comete el fontanero que te
pregunta si quieres factura después de repararte la cisterna. A pequeña escala
no supone mucho, pero, ¿pueden ustedes imaginarse cuánto amor anda por ahí
siendo dilapidado?
Hoy, ocho años después, me encuentro en una situación
parecida. Hace sólo diez meses que salí muy dolorosamente de una relación de
seis años que pensé que nunca acabaría y a la que me dediqué en cuerpo y alma. Dado
este contexto, entenderán, queridos lectores, que no esté en absoluto preparada
para emprender un nuevo compromiso. Pues bien, hace un par de meses conocí a un
caballero bello, interesante, culto, alto, divertido. Nos gustamos y nos
embarcamos en la aventura de las citas. A mí, naturalmente, se me antojaba una
cosa muy casual, cómoda, con una periodicidad semanal, su teatro, sus pelis, sus
momentos febriles de alcoba, su poquito de cariño. Todo marchaba a las mil
maravillas, hasta que a él le entraron las prisas por formalizar. Que si me
estaba citando con más chicos, que porqué no podía quedar el viernes, que qué
esperaba yo de nuestros encuentros en el corto plazo… Qué pereza. ¿Ya estábamos
en aquel punto? ¿Después de cuánto, 12 citas? ¿14, quizás?
Le intenté explicar varias veces el momento
complejo de mi vida en el que me encontraba; él se mostró muy comprensivo, pero
al par de días volvió a “presionarme”, a pedirme más, a mostrarse demasiado
intenso demasiado pronto. Demasiado.
Mañana hemos quedado para “dejarlo”. Le estoy
haciendo daño sin quererlo. Y a la vez a mí me está haciendo daño que el
hacerle daño a él a mí no me haga daño alguno; en ciertos momentos de lucidez
alcohólica, me hiere la sospecha de saber que de algún modo, el corazón haya
podido convertírseme en piedra; porque,
querido lector, no nos engañemos: en otro momento y con otras circunstancias el
mismo corazón que últimamente no siento latir en el pecho me habría saltado en
mil pedazos con sólo verle venir.
But so it is. Vuelvo a ese vagón de tren ocho
años después: su corazón late por el mío y éste se resiste tozudamente a dejar
de latir por otro que hace ya demasiado tiempo dejó de latir por él. Así de
crudo. Así de injusto. Así de cierto. Millones de sentimientos con una
rentabilidad económica de menos uno, con un ratio de viabilidad de negocio negativo desde su
mismo nacimiento, con una estimación de beneficio aún menor que la de la
muerte.
¿Adónde va todo ese amor que no
es bienvenido por su receptor? ¿Cómo sacarle partido? ¿Puede, se me ocurre, ser
reciclado de alguna manera, como los cascos de las cervezas que ahora bebo? Y,
en ese caso, ¿vuelve a ser el mismo amor?
Queridos lectores, disculpen la vehemencia de
mis palabras. Camino a ciegas por el sendero de la vida y no puedo evitar
hacerme éstas y otras preguntas. Quizá a ustedes también les pase y sea éste el
principio de una bonita relación. Quizá no. En ese caso, llámenme loca.
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